Essan's Ravenloft

La Muerte Susurra una Canción de Cuna

Death Whispers a Lullaby

El Calabozo de los Durst

El calabozo ubicado debajo de la Mansión Durst era un intrincado sistema de pasadizos excavados directamente en la tierra y la roca que servía a la vez como cimientos para la lujosa casa, como cuartel para las actividades del Culto de los Sacerdotes de Osybus, y como prisión para los desdichados que se convertirían en sacrificios para los misteriosos Poderes Oscuros.
A diferencia del resto de la mansión, estos túneles estaban completamente a oscuras, por lo que Kaeldrin, Vinlarad y Yuri debieron encender antorchas para poder ver a través de la oscuridad subterranea de la estancia.

Mila no había llegado a encender su antorcha cuando escuchó ruidos provenientes de las escaleras.
Temiendo que alguien o algo la estuviera siguiendo, se escabuyó rápidamente hacia la izquierda, por uno de los túneles, y tomó cobertura contra un rincón.
Desde esa posición podría espiar lo que fuera que estuviese bajando por las escaleras, pero lo que vió la dejó anonadada.

Después de hablar con los fantasmas de los niños Durst en el ático, Marek descendió por las escaleras secretas hasta el subsuelo.
Al encontrarse en la oscuridad absoluta del nivel inferior, conjuró una esfera de Luz comenzó a explorar el laberinto de túneles que se desparramaban entre los cimientos de la casa.

Yuri encabezaba la marcha, con los dos elfos siguiendo sus pasos de cerca, atentos por si la casa o sus habitantes fantasmales les querían tender una emboscada, pero al llegar a la encrucijada al final del pasillo, encontró algo inesperado.
Parada frente a él estaba Mila. No entendía cómo ni por qué, pero habían logrado encontrarse en esas extrañas circunstancias, en esa casa maldita.
Mila también se sorprendió, gratamente, de encontrar a Yuri, pero mayor fue su sorpresa al descubrir que, además de los dos elfos que acompañaban a su amigo, había otro hombre deambulando el subsuelo en solitario.
Rápidamente, la mujer le preguntó quién era y de dónde venía, pero Marek todavía estaba aturdido y había perdido noción del tiempo, un efecto secundario de las brumas Barovianas.
A pesar de la apariencia distraída del hombre, tanto Mila como Yuri confiaron rápidamente en él, probablemente incentivados por los ropajes rojos y dorados que él llevaba sobre su cota de mallas.
—El rojo y dorado son los colores del Señor del Alba, y en un lugar tan siniestro como este, son un buen augurio— dijo Yuri mientras le tendía su mano, en forma de saludo.
Durante el breve intercambio de palabras y saludos, todos se quedaron en silencio, puesto que se empezó a escuchar un cántico, aunque las palabras de la entonación no se podían distinguir.
Marek, Mila, Yuri, Kaeldrin y Vinlarad comenzaron a explorar las mazmorras en busca del origen del misterioso cántico.
Vinlarad decidió transformarse en un Lobo Huargo, con el fin de utilizar los sentidos aguzados que le proporcionaba tomar la forma de ese animal. Gracias a su sentido auditivo superior, Vinlarad pudo identificar que el sonido venía de algún lugar en el noroeste del complejo de túneles.

Combates en el túnel

El grupo de aventureros llegó a la sala común, una habitación de gran tamaño que contenía una mesa de madera y dos largas bancas. El suelo de la estancia estaba sembrado de huesos humanos, restos de los viles banquetes del culto.

Cuando Yuri pasó cerca de una de las paredes, un Grick intentó emboscarlo, pero gracias a que Marek vió a la bestia y dió alerta, el guerrero borcano pudo prepararse. Con un elegante movimiento de su florete, el espadachín hirió gravemente a la abominación, casi amputándole uno de sus cuatro tentáculos, y retrocedió, saltando sobre la banca que estaba a su espalda y luego sobre la mesa.
Vinlarad, en su forma de lobo embistió al Grick, lo mordió con fuerza y sacudió su cabeza, con sus fauces todavía alrededor de la bestia reptante. La sangre oleosa manchó las paredes del lugar, y el Grick murió.

Desde donde estaban, Vinlarad le dijo a su sobrino, que era con el único con quien se podía comunicar estando en forma animal, que debían seguir hacia el oeste, ya que el cántico y el hedor tenían su origen en esa dirección.
El lobo gigante encabezaba la marcha, pero al llegar a un cruce de túneles fue atacado por cuatro ghouls que surgieron de debajo de la tierra.
Con un gruñido amenazante, el druida amedrentó a los necrófagos y le dió tiempo a sus compañeros a ubicarse en posición de batalla.

Con un esfuerzo en conjunto de Mila, Kaeldrin, Yuri y el propio Vinlarad, destruyeron rápidamente al no-muerto más cercano, pero los otros tres atacaron al druida, dejándolo gravemente dañado y paralizado, por lo que tenía negada su escapatoria.
Afortunadamente, Marek utilizó parte del poder divino concedido por El Señor del Alba y expulsó a las viles criaturas, dándole al grupo una posibilidad de escapatoria, que fue rápidamente aprovechada.
Recordando textos de medicina y anatomía, y compendios sobre monstruos muertos vivos escritos por Rudolph van Richten, un experto cazador de monstruos, Marek le informó a Vinlarad que los elfos son inmunes a la parálisis de los ghouls, por lo que volver a su forma normal debía terminar dicha condición.

La cámara de Sacrificios

El grupo encontró unas escaleras que llevaban a un nivel inferior, de donde provenía el cántico que escuchaban desde que llegaron a la mazmorra, y descendieron velozmente, escapando de los ghouls que los habían atacado en los túneles.
Al llegar a un pequeño relicario, cerraron una puerta de reja para impedir que los muertos vivos los atacaran, si decidían seguirlos.
Desde este lugar se podía discernir que las palabras entonadas decían "Él es el Antiguo, él es la Tierra".

Luego de revisar los nichos donde los cultistas habían guardado sus macabros tesoros, recorrieron el lugar.
El relicario tenía dos salidas: una llevaba hasta una prisión, donde los cultistas mantenían a quienes después se convertirían en sacrificios para los Poderes Oscuros, mientras que la otra tenía una pequeña pendiente hacia abajo, y daba a una cámara de gran tamaño cuyo suelo estaba cubierto con agua estancada y pestilente. Esta última salida estaba bloqueada por una pequeña portilla de rejas, razón por la cual se decidieron a revisar la prisión.

Recorrieron las celdas con mucha precaución, debido a la experiencia que habían tenido con los ghouls en el piso superior.
Vinlarad encontró unas notas escritas en el idioma secreto de los druidas en una de las celdas. El druida desconocido que la escribió dejó plasmado su plan de escapar usando un pasadizo secreto que llevaba a la planta baja de la mansión.
Mila, por su parte, encontró un bloque de piedra flojo que daba a la cámara de sacrificios.

Yuri se adelantó a sus compañeros y pasó a la cámara, y el cántico se detuvo.
El lugar, construido en piedra lisa (a diferencia del resto de las catacumbas, talladas de la tierra, piedra y arcilla del suelo) estaba iluminado por antorchas situadas en los pilares que soportaban el techo.
El suelo estaba cubierto por agua estancada, lodosa y maloliente, a excepción de una pequeña pasarela que se levantaba un par de pies por encima del nivel del agua, y un altar redondo de tres metros de diámetro ubicado en el centro de la recámara, donde los cultistas realizaban sus sacrificios y rituales. Del techo colgaban cadenas, usadas para atar a los prisioneros mientras se llevaban a cabo las ofrendas a los Poderes Oscuros, y el piso estaba teñido de rojo por la sangre derramada.
Había una grieta en la pared del extremo oeste, y algo estaba durmiendo dentro de el hueco.

El resto del grupo entró a la cámara de los sacrificios.
Mila se fue hasta la puerta que llevaba al relicario, y cerca de la misma encontró una manibela que servía para levantar la reja.
Yuri, sin dudarlo, se encaminó al altar, y apenas puso un pie encima de la piedra, trece figuras envueltas en túnicas negras aparecieron flotando a su alrededor.
"UNO DEBE MORIR", comenzaron a entonar las trece figuras oscuras, mientras flotaban alrededor de Yuri.
Vinlarad conjuró un fuego feerico sobre la criatura que estaba dentro de la grieta de la pared, que era una masa amorfa de huesos y carne que se movía de forma fluída.
Yuri bajó de la plataforma del altar y se dirigió a la puerta recién abierta por Mila, y entonces las apariciones oscuras comenzaron a gritar "DESPIERTA, LORGOTH EL CORRUPTOR". La masa de carne que estaba en la grieta, obedeció la orden, y un lanzó un alarido aturdidor, mitad aullido, mitad llanto, y comenzó a reptar hacia el espadachín que se había negado a realizar el sacrificio.

Vinlarad conjuró unas lianas para enredar al monstruo y así impedir que se pueda acercar a ellos, pero lo único que consiguió fue obstaculizar su avance.
Kaeldrin conjuró su estallido sobrenatural, aunque causó poco daño sobre el monstruo.
Mila y Yuri dispararon contra Lorgoth, y a causa del daño pudieron ver que en el corazón de la abominación estaba Walter, el bebé hijo de Gustav Durst.
Marek intentó conjurar la luz del Señor del Alba por medio de una plegaria, pero falló.
Lorgoth siguió avanzando, y quedó a tres metros de Vinlarad, que volvió a tomar su forma de lobo gigante y atacó directamente al bebé.
Con un mordisco arrancó parte de la carne que envolvía al corazón del monstruo, y el resto de sus compañeros siguieron su táctica, intentando impactar el corazón para destruir al monstruo.
Yuri y Mila se acercaron y lograron impactarlo con sus espadas, lo que provocó que Walter Durst rompiera en un llanto tan desgarrador que provocó daños psiquicos en los que lo estaban rodeando.
Kaeldrin y Marek hicieron lo propio con conjuros, destruyendo finalmente a la invocación oscura, que quedó envuelto en las llamas de fuego sagrado del Señor del Alba.

Escape de la Mansión Embrujada

Habiendo destruido al monstruo aullador, el grupo se tomó unos instantes para recuperar el aliento y decidir cómo salir de la casa.
Vinlarad contó a sus compañeros acerca de las notas del druida que había descubierto en la prisión, y MIla, que tenía experiencia entrando y saliendo de casas y complejos subterraneos explicó al resto del grupo que si la salida secreta llevaba al interior de la planta baja, dicha salida debía estar en la zona por la que se habían escapado los ghouls, probablemente por el pasadizo del sur.

Esta vez, Marek fue quien encabezó la marcha, ya que si aparecían los necrófagos, podía explusarlos como había hecho en su encuentro anterior.

Al subir las escaleras, los compañeros corrieron por los túneles en dirección al sur, y cuando los muertos vivos hicieron su aparición, el sacerdote los expulsó con su poder divino.
Como Mila había deducido, la salida estaba en una estancia de gran tamaño, pero el grupo no se quedó mucho tiempo para revisarla.
Subieron rápidamente las escaleras, y llegaron a la sala de trofeos de cazador de la planta baja.
Luego de que Marek subió por las escalerillas, cerraron la puerta trampa, y colocaron uno de los voluminosos sillones arriba para que no pudiera ser abierta por los ghouls que los estaban persiguiendo.

Aunque estaban a salvo de los necrófagos, la casa todavía no estaba dispuesta a dejarlos salir.
Las ventanas habían sido bloqueadas con ladrillos, las puertas ahora eran cuchillas gigantes, abriéndose y cerrándose constantemente con mucha violencia, y de las chimeneas salía un humo negro y venenoso.
Vinlarad y Yuri aspiraron ese humo, y comenzaron a toser sangre.
Viendo que la única escapatoria de la casa era a través de las puertas-cuchilla, los compañeros comenzaron a pasar a las siguientes habitaciones.
Mientras Marek pasaba por la última puerta, el rítmo de las cuchillas cambió y el sacerdote fue impactado, y casi queda inconsciente por el daño recibido, pero con la ayuda de sus compañeros, fue puesto a salvo.

Una vez que estuvieron afuera de la casa, el grupo vio explosiones de luz de muchos colores brotando de los huecos en paredes y techos, y la casa implosionó, dejando un terreno valdío en frente de ellos.
Unos segundos más tarde, sonaron doce campanadas lejanas, anunciando que era la medianoche.
Desde el cementerio, que estaba en un montículo a cien metros de donde antes se erguía la Mansión Durst, cientos de figuras espectrales se levantaron del suelo, iluminando la Villa con su fulgor azul del más allá, y marcharon hacia el oeste, por el Antiguo Camino Sválico, hasta llegar al risco sobre el que estaba encaramado el Castillo Ravenloft, hogar de Strahd von Zarovich, Señor de Barovia.

CRÉDITOS

CONTINÚA EN LA HECHICERA

 

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